Es muy frecuente que el deporte se constituya junto a la persona que lo practica. Desde pequeños se va construyendo y creciendo en conjunto.
Primero empieza como un juego, algo muy recreativo y casi experimental. Desde ese primer momento aparecen algunos valores como la amistad, el compartir, la solidaridad.
Luego viene la parte donde aprendemos sobre el compromiso, la constancia y la determinación; es ahí donde el deporte empieza a crecer en nuestra vida y deja de ser solo un juego, pasando a ser también una labor.
Muchas veces me tocó ver cómo la diversión disminuye frente al deporte de alto rendimiento. Aparecen otros factores que pasan a ser más importantes. Podemos dejar de divertirnos por momentos, pero de lo que no podemos dejar es de disfrutar.
Por eso, muchas veces recomiendo hacer un parate y hacerse algunas preguntas: ¿Por qué entrenamos? ¿Por qué nos esforzamos? ¿Por qué vamos todos los días? ¿Tenemos metas claras? ¿Qué presiones sentimos y de dónde vienen? ¿Voy por mí o por otros? ¿Qué lugar ocupa hoy el deporte en mi vida? ¿Me está acercando o alejando de lo que quiero? ¿Estoy disfrutando?
El apasionado por su deporte generalmente se responde que sí, que va por él mismo, pero muchas veces también se da cuenta de que dejó de disfrutar. Y ahí es donde aparece el trabajo: acompañar este proceso para que todo pueda correrse a un segundo plano y vuelva a aparecer el disfrute.
Cuando el disfrute reaparece, impacta directamente en el rendimiento… y es como si, de alguna manera, volviéramos a empezar.