Muchas veces me tocó escuchar en el consultorio historias que me conmovieron en lo más profundo. No solo como psicóloga, sino como persona. Historias de pérdida, de amor, de resistencia, de pequeñas victorias que nadie más vio.

Lo que sucede en el consultorio

Hay algo muy particular en el espacio terapéutico: es uno de los pocos lugares donde una persona puede decir lo que piensa y siente sin tener que cuidar al otro. Sin miedo a hacer daño, a aburrir, a ser juzgado. Eso genera una libertad poco frecuente.

Y en ese espacio de libertad, aparecen cosas inesperadas. A veces alguien llega hablando de una situación puntual y, de a poco, emerge algo mucho más profundo. Una historia que nunca se había contado entera. Una emoción que no tenía palabras todavía.

La conmoción como parte del trabajo

¿Puede una psicóloga conmoverse? Sí. Y creo que es parte del trabajo bien hecho. No se trata de perder el lugar de profesional, sino de estar genuinamente presente. De no reducir lo que el otro trae a una categoría o un diagnóstico, sino de dejarse tocar por lo que hay de humano en cada historia.

Eso no quita la capacidad de pensar, de intervenir, de acompañar desde un lugar formado. Pero le agrega algo esencial: la posibilidad de un encuentro real.

Por qué importa ser escuchado de verdad

Ser escuchado genuinamente —sin apuro, sin juicio, sin que el otro esté pensando en otra cosa— tiene un efecto profundo. No porque sea magia, sino porque muchas veces las personas cargan con sus historias sin haberlas podido contar del todo. Y contarla, en un espacio seguro, ya es parte de elaborarla.

Si tenés algo que querés contar, estoy acá.